Caminho Fontesanta Érase una vez un sastre, que cansado de la monotonía tras muchos años de profesión, había decidido salir por esos mundos de Dios a buscar fortuna. Había partido sin objetivo claro ni rumbo fijo cuando de repente se encontró en su camino con un hombre, delgado, no excesivamente agraciado, que mantenía en alto una de sus piernas, concretamente la derecha. La mantenía alzada sin motivo, como si estuviera cojo. Al verle, el sastre le preguntó:

“Hola, encantado de encontrar a alguien en mi camino. ¿Podrías decirme por qué motivo mantienes en alto tu pierna derecha?”

A lo que el personaje le respondió: “Mantengo esta pierna siempre en alto, porque si se me ocurre posarla sobre el suelo entonces corro rapidísimo sin poder parar hasta que vuelvo a alzarla”. 

El sastre, intrigado por tan extraña cualidad, rogó al hombre que hiciese una demostración de esa capacidad de la que era poseedor. Éste posó la pierna derecha en el suelo, e inmediatamente salió disparado por el camino hasta desaparecer casi instantáneamente en el horizonte. Al rato, el hombre volvió a aparecer por donde se había esfumado momentos antes, dejando tras de si una estela polvorienta.

“¡Es sorprendente tu velocidad! Soy un sastre que he dejado todo atrás en busca de fortuna. Si lo deseas puedes acompañarme en mi camino rumbo adonde nos quiera llevar la providencia“.

El hombre de la pierna alzada accedió a acompañar al sastre en su búsqueda, y juntos continuaron camino.

Tiempo después, siguiendo su indeterminada búsqueda, ambos caminantes encontraron a un hombre que esperaba pasivamente sin mayores pretensiones. El personaje mantenía de forma no muy decorosa uno de sus dedos índice metido en la nariz, y no mostraba intención de sacarlo de ahí. Al verle, el sastre le preguntó:

“Hola amigo, ¿por qué mantenéis sin cesar vuestro dedo dentro de la nariz, costumbre que no suele ser bien vista por éstas y aquellas tierras”. 

A lo que el personaje le respondió:

“Debo mantener un dedo metido en la nariz, porque en cuanto lo saco comienza a soplar un viento huracanado, que levanta y arrastra casi todo lo que encuentra a su paso”.

Intrigado por tal fantástica cualidad, el sastre rogó al personaje que le mostrara la naturaleza de esos vientos que decía provocar. Éste accedió, e inmediatamente comenzó a rugir una ventisca que les envolvió y amenazaba con levantarles del suelo.

Porto de mouros

“¡Para, para, por favor, ya vemos qué es verdad lo que cuentas! Somos caminantes en busca de fortuna, si te parece bien puedes unirte a nosotros en nuestra búsqueda”.

El hombre del dedo en la nariz accedió gustoso y juntos los tres continuaron camino por sendas sinuosas y desconocidas. Poco tiempo después, fueron interceptados por un hombre que caminaba en sentido contrario. Era un hombre corriente, de humilde atuendo sin ninguna peculiaridad física, salvo el hecho de que llevaba un sombrero anormalmente torcido. Al cruzarse en su camino, el sastre interpeló al personaje: 

“Hola caminante, ¿como te va? Resulta un tanto extraña la forma en que llevas tu sombrero. ¿A qué se debe que lo mantengas torcido?” 

A lo que el personaje respondió “he de llevar el sombrero siempre torcido, porque si me lo pongo derecho entonces comienza a hacer un frío extremadamente intenso”.

Sorprendido por tan increíble afirmación, el sastre le dijo “¿Podrías mostrarnos cuán frío se torna el ambiente si decides enderezar tu sombrero?”. El personaje de sombrero torcido accedió a ponérselo derecho, e inmediatamente la temperatura comenzó a descender, hasta hacer enrojecer los rostros de aquellos hombres y hacer que su respiración fuera difícil y dolorosa. “¡Para, para, por favor! ¡Está claro que es verdad lo que dices!  Soy un sastre en busca de fortuna y se han unido a mí estos dos hombres, si lo deseas puedes acompañarnos en nuestra búsqueda.”

“Será un placer, ya que carezco de razones y objetivos que me impelan a permanecer en estos lugares.”

Y así, el sastre y los tres hombres dueños de increíbles dones continuaron su camino, hasta que un día dieron a parar en un Castillo, del cuál era dueño un Rey, acompañado de su preciosa y un tanto caprichosa hija. Los 3 hombres y el sastre accedieron a los dominios del casillo, y tras presentarse a sus habitantes, se enteraron de que el Rey había creado una especie de competición abierta a todas aquellas personas de cualquier lugar y condición que quisiesen participar. Los hombres se dirigieron a los aposentos reales y pidieron ser recibidos para poder participar en dicha competición. El Rey les miró distante y con cierto desprecio, sobre todo debido a su aspecto austero y a sus peculiaridades un tanto grotescas, pero como era un hombre en apariencia justo, aunque  con poca convicción les explicó que a varios kilómetros del palacio había una fuente, y aquél que llegara antes a dicha fuente llevando consigo un cántaro y volviera a Palacio con él lleno de agua, obtendría como premio la mano de su hija, o sino le serían otorgadas grandes riquezas, tantas que él solo no pudiera llevar consigo sin ayuda.

Los 3 hombres y el sastre pensaron que sería bueno participar, sobre todo contando entre ellos a aquél de la pierna siempre en levantada, cuya velocidad era prodigiosa. El día de la competición, los participantes iniciaron la carrera, pero tan pronto el hombre puso en el suelo su pierna derecha, salió disparado adelantándoles a todos, y volvió a palacio con el cántaro lleno del agua de la fuente. El Rey, muy a su pesar, declaró vencedor al extraño personaje, y le concedió la mano de su hija. Sin embargo ésta, al ver a su prometido, se negó furiosa a casarse con semejante individuo, de apariencia pobre y desastrada, y pierna en alto. El Rey fue incapaz de convencer a su hija de que se casara con él, por lo que tuvo que contemplar el cumplimiento de la segunda parte de su promesa, y conceder grandes riquezas a aquellos hombres. Enfurecido por el ruinoso resultado de su iniciativa, viendo como 4 miserables se hacían con una buena parte de sus riquezas, el Rey accedió a cumplir su compromiso.

Fervenza das hortas - DombodanTras una larga reflexión, el Rey invitó a los 4 hombres a seguirle a una de las dependencias de palacio, una habitación bastante lúgubre y sin ventanas, en la que había un gran rollo de tela basta y unos aparejos, y les dijo que podrían pasar la noche en esa habitación y aprovechar la tela para confeccionar los sacos que mañana se llenarían con las riquezas prometidas. Los 4 hombres aceptaron recelosos la propuesta, y el sastre aprovechando sus conocimientos comenzó el trabajo con la tela para realizar un saco. El resto de los hombres, imitando su arte, comenzaron a realizar el suyo propio.

De repente, se oyó un ruido en la puerta, un golpe similar al de un cerrojo. Los hombres prestaron atención, pero no se preocuparon, pensando que cerraban la puerta para que estuvieran más seguros. Inmediatamente después, el Rey cegado por la avaricia, comenzó a apilar troncos alrededor de la habitación y los prendió fuego. Los 4 hombres se dieron cuenta de la vil maniobra, pero la habitación no tenía ventanas y la puerta estaba cerrada a cal y canto. Empezaba a hacer un calor insoportable en el interior, y todos comenzaron a temer por su vida, sintiéndose malvadamente traicionados por el codicioso Rey. Afortunadamente, el hombre de sombrero torcido, aprovechó su capacidad sin igual y se lo puso del otro lado. Inmediatamente después, la temperatura comenzó a descender entre esas 4 paredes, hasta tal punto que se diría que hacía un poco de fresco. Una vez normalizada la situación, los 4 hombres decidieron continuar su trabajo con los sacos.

El rey esperó a que se consumieran las últimas brasas de los troncos apostados alrededor, y seguro de que los 4 hombres yacerían carbonizados como un si hubiesen estado en un horno, ordenó abrir la puerta. Para su sorpresa, los 4 hombres salieron de la habitación sanos y salvos, con aparente despreocupación, y tras agradecer la noche que les habían dejado pasar allí, mostraron sus sacos listos para ser llenados y partir. El Rey no tuvo más remedio que cumplir lo prometido y el sastre, el hombre de la pierna siempre en alto, el hombre con un dedo siempre dentro de la nariz y aquél de sombrero un tanto torcido, partieron cargados de grandes riquezas, habiendo concluido con gran éxito la búsqueda de fortuna que iniciara el sastre tiempo atrás.

Pensaban aquellos hombres mientras caminaban triunfantes fuera de los dominios del palacio del Rey que ya sólo les quedaría buscar un lugar en el que asentarse y disfrutar de manera agradecida y cabal de sus posesiones, pero su partida hubo de atraer irremisiblemente a un gran número de ladrones y oportunistas, que a la carrera decidieron perseguirles para arrebatarles lo que justamente habían obtenido. El gran número de ellos hizo temer seriamente a aquellos confiados hombres, que veían como su fortuna se iba a escapar sin remedio en manos de aquella jauría, envidiosa de su suerte. Sin embargo, cuando ya era inminente que los ladrones les alcanzaran, aquel hombre que mantenía su dedo en la nariz decidió sacarlo, de tal forma que una gran ventisca arrastró a los ladrones antes de que les alcanzaran, y les envió muy lejos. De seguro que ya no quedó nadie con ganas de arriesgarse a intentar robarles lo que era suyo por derecho propio.

De esta forma, el sastre y sus tres compañeros continuaron camino sin ser molestados, ya seguros a la espera de encontrar el lugar que el destino les ofreciese para establecerse con sus riquezas (…).

FIN
 
NOTA: Desconozco el autor u origen de esta historia, es posible que no finalice de esta forma, sino que el cuento continúe, pero así se la contaron a mi padre de pequeño sus abuelos en Viñós (Arzúa), una aldea coruñesa, y así nos los contó él a nosotros.

 Viñós - Arzúa